lunes, 2 de enero de 2017

Actividad Daens

A continuación puedes ver un vídeo editado por el profesor Francisco que recoge una serie de escenas de la película belga Daens. Este filme recrea los desequilibrios sociales que acarreó la industrialización. Responde en tu cuaderno a las preguntas que aparecerán sobreimpresionadas en el vídeo y realiza una valoración personal de las consecuencias sociales de la industrialización.
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martes, 13 de diciembre de 2016

Comentario texto

“La revolución de 1848 debe considerase como la continuación de la de 1789, con elementos de desorden de menos y elementos de progreso de más.
Luis Felipe no había comprendido toda la democracia en sus pensamientos (...) Hizo de un censo de dinero el signo y título material de la soberanía (...) En una palabra, él y sus imprudentes ministros habían colocado su fe en una oligarquía, en vez de fundarla sobre una unanimidad. No existían esclavos, pero existía un pueblo entero condenado a verse gobernar por un puñado de dignatarios electorales (...).”

Lamartine, A. Historia de la revolución de 1848.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Independencia de Hispanoamérica: Actividad

Lee el siguiente texto que analiza las diferencias y similitudes entre la independencia de las colonias americanas y la de las colonias españolas y responde a las preguntas:


Dos independencias, dos procesos diferentes
 Para mostrar la excepcionalidad de este hecho recurriremos a una comparación con el que más se le asemeja, el de la Independencia de las Trece Colonias británicas. La Independencia hispanoamericana es singular por varias razones. En primer lugar, por la condición de los rebeldes o separatistas: no fueron los indios, ni las “clases oprimidas”, sino algunos sectores de los grupos blancos dominantes. Como rezaba una paradoja puesta en circulación hace un siglo, “América la conquistaron los indios y la independizaron los españoles”, lo que además revela una falsedad, y es que, contra lo que dijeron algunos insurgentes, la Independencia no la hicieron los indios, ni se hizo por la libertad de los indios. Se evidencia así un rasgo peculiar del caso hispanoamericano. Generalmente las independencias las han hecho los colonizados contra los colonizadores: los argelinos y los vietnamitas contra los franceses, los hindúes y los keniatas contra los ingleses, etc. Pero en nuestro caso la rebelión no es de los indios, que son los colonizados, sino de los colonizadores europeos contra la metrópoli. Este punto es el único en que la independencia hispanoamericana se asemeja a la de las Trece Colonias. También fueron los pobladores blancos o europeos de esas colonias los que se alzaron contra la metrópoli inglesa. El parecido termina aquí, porque en los establecimientos británicos de América del Norte no existía población india, mientras que en los españoles esta era mayoritaria. En segundo lugar, una diferencia muy significativa es la del motivo original del conflicto. En el caso de los colonos británicos fueron cuestiones relativas a la creación de nuevos impuestos y monopolios y a la lesión de sus derechos. En el caso hispanoamericano fue un puro problema político, el de la ausencia y prisión del rey, con la obligada secuela de la formación de un gobierno improvisado de discutible legitimidad, y sobre este punto de partida se acumulará luego la disputa entre absolutistas y liberales. Una tercera razón fue la magnitud del fenómeno, en extensión y duración, punto en el que no se encuentra paralelo. La extensión de las Indias españolas era 15 veces mayor. En cuanto a la duración, hasta 17 años (1808-1825) duró la guerra en la América española, en cambio, la guerra de Independencia de los Estados Unidos sólo duró ocho años, desde el levantamiento de 1775 hasta 1783, aunque, en realidad, desde la rendición de Yorktown en 1781 cesaron las operaciones militares, lo que reduce la guerra a 6 años, habiendo obtenido inmediatamente la nueva nación el reconocimiento de su independencia por Inglaterra. En cuarto lugar, también hay diferencia en el grado de dureza del enfrentamiento: en el caso hispanoamericano se produjeron enormes pérdidas en vidas (matanzas de Valladolid y Guadalajara, guerra a muerte de Bolívar, represalias de Morillo) y despoblación por exilios de refugiados en Cuba o España; casi todos los países fueron arrasados varias veces por los movimientos alternativos de los ejércitos, que además produjeron el desplazamiento de grandes masas. Enormes pérdidas en capitales y bienes de todo tipo, paralización de la minería y el comercio, etc. Nada parecido se conoció en los días de la lucha por la independencia de los Estados Unidos, donde no se produjo el “terror” característico de las revoluciones ni tampoco la espantosa devastación que asoló a la mayor parte de las Indias españolas. Por último, una importante diferencia más con las Trece Colonias fue el fracaso político de quienes buscaban libertad y democracia. Pero el principal fracaso fue que la Independencia se hizo a costa de la unidad política del mundo hispánico. Independencia que rompe múltiples lazos, no solo con España, sino con las demás provincias de las Indias, produciéndose una progresiva fragmentación de varios virreinatos y capitanías generales. Al final resultarán unas naciones aisladas, cuando no enfrentadas entre sí, e inestables, presas de prolongadas anarquías. Aquí la diferencia con el caso norteamericano es notoria, habiendo sido la lucha por la independencia lo que precisamente fundió a las Trece Colonias en una sola nación.
Clave de la diferencia
 Este proceso dramático tiene una explicación: la Independencia de Hispanoamérica fue una guerra civil, la primera gran guerra civil del mundo hispánico en la Edad Contemporánea, que vería después muchas más, y muy destructoras, tanto en Europa como en América. Este es el fenómeno capital, singularizador, de nuestras independencias: la resistencia a la separación de España. Estamos ante una guerra entre españoles. Sólo eso explica la duración. De ningún modo se trató de una lucha entre peninsulares y criollos, como se ha dicho y repetido con demasiada facilidad. En América los “peninsulares”, los españoles nacidos en Europa, sólo eran el 1% de los “blancos”, frente al otro 99 % de “criollos” - españoles nacidos en América- y mestizos. Un conflicto armado entre estos dos grupos era inconcebible, o sólo hubiera durado minutos. Por otra parte, los blancos sólo eran el 30 % de la población, compuesta mayoritariamente por indios y castas. La guerra de independencia hispanoamericana no fue, porque no podía serlo, lucha entre peninsulares y criollos, sino entre los dos bandos de españoles, muy mayoritariamente criollos, en que se escindió la élite blanca colonial, dispuestos a favor o en contra de la unión con España, con escasísima participación de fuerzas peninsulares. El hecho excepcional, por tanto, de este proceso de independencia es la resistencia a la separación de la metrópoli, pero ¿de dónde nace esta voluntad de resistencia? La resistencia se explica por la fuerza de los vínculos políticos y de familia que unían a los españoles americanos con los peninsulares. Vínculos políticos: el amor al rey y a la dinastía, profundamente inculcado, junto a la religión católica que unía a todos los españoles frente a enemigos herejes. Vínculos familiares: millares de familias españolas vivían, como hoy, divididas en los dos hemisferios, y estas gentes no querían aceptar la ruptura. La increíble resistencia a la secesión explica la dureza de la guerra y tiene, a su vez, una explicación básica: las condiciones peculiares de la colonización realizada por España en América. La Corona española buscó desde el principio, desde el tiempo de los Reyes Católicos, reforzar la unidad nacional. A América sólo se permitió ir a españoles (no a extranjeros), y españoles selectos: cristianos católicos y de buenas costumbres (no moriscos, judíos, luteranos, etc.). La población colonial resultante, sintiéndose profundamente española, cuando perciba los primeros pasos hacia la independencia, se manifestará refractaria hacia tal movimiento, y sólo los sucesos de distinto signo que se van acumulando en el prolongado proceso siguiente harán que resulte finalmente derrotada. En las Trece Colonias Británicas no existe esa unidad nacional y religiosa: las colonias se conciben como penitenciarías. A las colonias americanas van los castigados por la justicia, o los que huyen de ella; eso explica la benignidad de la Guerra de Independencia norteamericana. Cuando se planteó la rebelión, nadie se opuso
Nunca se debe olvidar que el proceso de la Independencia Hispanoamericana se salda con un fracaso. Un fracaso de todas las partes enfrentadas. Es la gran unidad política hispánica la que entonces se fracturó, quedando todas las partes aisladas entre sí, sin que hasta hoy se haya restablecido la unión de manera efectiva, y lo que es más, quedando aquejada cada una de las naciones resultantes, empezando por España, de un grave problema de inestabilidad política, secuela del conflicto entre liberales y conservadores y de la prolongada incapacidad experimentada para erigir una autoridad consensuada y legítima.
Luis  Navarro García
Catedrático emérito de Historia de América
Universidad de Sevilla

1) ¿En qué se parece lo acontecido en las Trece Colonias con lo que ocurrió en Hispanoamérica?
2) ¿Qué razones da el autor para referirse al proceso independentista como "la primera gran guerra civil del mundo hispánico"?
3) ¿Cómo se explica la resistencia a la separación de la metrópoli por parte de muchos criollos?

Consulta esta revista y este blog para responder estas cuestiones:
4) ¿En qué dos etapas se divide el proceso de independencia? ¿Qué caracteriza a cada una de ellas?
5) ¿Por qué fueron importantes los siguientes batallas?
           - Batalla de Maipú, Batalla de Ayacucho, Batalla de Carabobo, 
6) Con lo que has leído sobre las causas y las consecuencias del proceso independentista comenta la siguiente frase pronunciada por Simón Bolívar “hemos ganado la independencia a costa de todo lo demás”.





               

martes, 6 de diciembre de 2016

El Nacionalismo: actividad

Consulta aquí y responde las cuestiones:

1) Define Estado, nacionalidad y nación.
2) Explica la relación existente entre la Revolución Francesa y el movimiento nacionalista.
3) Resume los tipos de nacionalismo según el ámbito de actuación que se dieron en el S. XIX.

Consulta esta presentación y responde las preguntas que se plantean sobre los textos recogidos en ella.







domingo, 2 de octubre de 2016

El pensamiento político en los textos

Hobbes: justificación del Absolutismo

La condición del hombre es la de guerra de todos contra todos, en la cual cada uno está gobernado por su propia razón, no existiendo nada de lo que pueda hacer uso que no le sirva de instrumento para proteger su vida contra sus enemigos. De aquí se sigue que, en semejante condición, cada hombre tiene derecho a hacer cualquier cosa, incluso en el cuerpo de los demás. Y por consiguiente, mientras persiste ese derecho natural de cada uno con respecto a todas las cosas, no puede haber seguridad para nadie... El único camino es erigir un poder común capaz de defenderlos (...) es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre (...) (el rey)
T. Hobbes, Leviathan, 1651

"En su consecuencia, siempre que cierto número de hombres se unen en sociedad renunciando cada uno de ellos al poder de ejecutar la ley natural, cediéndolo a la comunidad, entonces y sólo entonces se constituye una sociedad política o civil. Este hecho se produce siempre que cierto número de hombres que vivían en el estado de naturaleza se asocian para formar un pueblo, un cuerpo político, sometido a un gobierno supremo, o cuando alguien se adhiere y se incorpora a cualquier gobierno ya constituido. Por ese hecho autoriza a la sociedad o, lo que es lo mismo, a su poder legislativo, para hacer las leyes en su nombre según convenga al bien público o de la sociedad, y para ejecutarlas siempre que se requiera su propia asistencia (como si se tratase de decisiones propias suyas). Eso es lo que saca al hombre de un estado de naturaleza y lo coloca dentro de una sociedad civil, es decir, el hecho de establecer en este mundo un juez con autoridad para decidir todas las disputas, y reparar todos los daños que pueda sufrir un miembro cualquiera de la misma. Ese juez es el poder legislativo, o lo son los magistrados que él señale. Siempre que encontremos a cierto número de hombres, asociados entre , pero sin disponer de ese poder decisivo a quien apelar, podemos decir que siguen en estado de naturaleza.
Resulta, pues, evidente que la monarquía absoluta, a la que ciertas personas consideran como el único gobierno del mundo, es en realidad incompatible con la sociedad civil, y por ello no puede ni siquiera constituirse como una forma de poder civil. La finalidad de la sociedad civil es evitar y remediar los inconvenientes del estado de naturaleza, que se producen forzosamente cuando cada hombre es juez de su propio caso (...). Allí donde existen personas que no disponen de esa autoridad a quien recurrir para que decida en el acto las diferencias que surgen entre ellas, esas personas siguen viviendo en un estado de naturaleza. Y esa situación se encuentran, frente a frente, el rey absoluto y todos aquellos que están sometidos a su régimen.
Al partirse del supuesto de que ese príncipe absoluto reúne en sí mismo el poder legislativo y el poder ejecutivo sin participación de nadie, no existe juez ni manera de apelar a nadie capaz de decidir con justicia e imparcialidad, y con autoridad para sentenciar, o que pueda remediar o compensar cualquier atropello o daño que ese príncipe haya causado, por sí mismo, o por orden suya. Ese hombre, lleve el título que lleve, zar, gran señor o el que sea, se encuentra en estado de naturaleza con sus súbditos como con el resto del género humano. Allí donde existen dos hombres que carecen de una ley fija y de un juez común al que apelar en este mundo, para que decida en las disputas sobre el derecho que surjan entre ellos, los tales hombres siguen viviendo en estado de naturaleza y bajo todos los inconvenientes del mismo.”
John Locke. Dos tratados sobre el gobierno civil. 1690.


La monarquía absoluta según Bossuet
La monarquía es la forma de gobierno más común, antigua y natural. El pueblo de Israel,
por su propia iniciativa, aceptó la monarquía, por ser esta la forma de gobierno universalmente admitida. […]
El gobierno monárquico es el mejor. Si es el más natural, será consecuentemente el más duradero y por ende, también el más fuerte. Así mismo es el que mejor se opone a la división, que es el mal esencial de los estados y la causa más segura de su ruina. […]
De todas las monarquías, la mejor es la sucesoria o hereditaria, sobre todo cuando se transmite de varón a varón y de primogénito a primogénito. Esta clase de monarquía es la que Dios estableció en su pueblo. […]
Dios estableció a los reyes como ministros suyos y por medio de ellos reina sobre los pueblos. Ya hemos visto que todo poder procede de Dios. […]
El príncipe no tiene que dar cuentas a nadie de lo que ordena. […] Sin la autoridad absoluta no puede ni obrar el bien ni reprimir el mal. Su poder debe ser tal, que nadie pueda pensar en
eludirlo. […]
La majestad. […] Para hacernos una idea de lo que es la majestad real, debemos repasar los diferentes conceptos sobre la autoridad, ya tratados a lo largo de las proposiciones anteriores.
Nos encontramos así con la totalidad del pueblo reunida en una sola persona; con un poder sacrosanto, paternal y absoluto; con una razón secreta que gobierna el cuerpo del Estado, representada en una sola cabeza y, para finalizar, con la imagen de Dios encarnada en la persona de los reyes.
Dios es pura santidad, pura bondad, poder absoluto, razón total. En estas cosas reside la majestad de Dios. Y en la imagen de estas cosas reside la majestad del príncipe.


J. B. BOSSUET, Política sacada de las Sagradas Escrituras, Tecnos

La división de poderes según Montesquieu
Hay en cada Estado tres clases de poderes: el poder legislativo, el poder ejecutivo de los asuntos que dependen del derecho de gentes y el poder ejecutivo de los que dependen del derecho civil. […] Llamaremos a éste poder judicial, y al otro, simplemente, poder ejecutivo del Estado.
[…]
Cuando el poder legislativo está unido al poder ejecutivo en la misma persona o en el mismo cuerpo, no hay libertad porque se puede temer que el monarca o el Senado promulguen leyes tiránicas para hacerlas cumplir tiránicamente. Tampoco hay libertad si el poder judicial no está separado del legislativo ni del ejecutivo. Si va unido al poder legislativo, el poder sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, pues el juez sería al mismo tiempo legislador. Si va unido al poder ejecutivo, el juez podría tener la fuerza de un opresor. Todo estaría perdido si el mismo hombre, el mismo cuerpo de personas principales, de los nobles o del pueblo, ejerciera los tres poderes: el de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas y el de juzgar los delitos o las diferencias entre particulares.
MONTESQUIEU, El espíritu de las leyes, Tecnos.

La soberanía popular según Rousseau
Por lo tanto, si se aparta del pacto social lo que no pertenece a su esencia, encontraremos que se reduce a los términos siguientes: cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo. […]
No siendo la soberanía más que el ejercicio de la voluntad general, jamás puede enajenarse, y el Soberano, que no es más que un ser colectivo, no puede ser representado más que por sí mismo. […] ¿Qué es, pues, el gobierno? Un cuerpo intermediario establecido entre los súbditos y el Soberano para su mutua correspondencia, […] De suerte que en el instante en que el gobierno usurpa la soberanía, el pacto social queda roto, y todos los simples ciudadanos, vueltos de derecho a su libertad natural, son forzados, pero no obligados, a obedecer. […]
La soberanía no puede estar representada, por la misma razón por la que no puede ser enajenada; consiste esencialmente en la voluntad general, y la voluntad no se representa; es la misma o es otra; no hay término medio. Los diputados del pueblo no son, pues, ni pueden ser sus representantes, no son más que sus mandatarios; no pueden concluir nada definitivamente. Toda ley no ratificada por el pueblo en persona es nula; no es una ley.
El pueblo inglés cree ser libre, y se engaña mucho; no lo es sino durante la elección de los miembros del Parlamento; desde el momento en que estos son elegidos, el pueblo ya es esclavo, no es nada.
[…]
En cuanto a la riqueza, que ningún ciudadano sea lo bastante opulento para poder comprar a otro, y ninguno lo bastante pobre para ser constreñido a venderse.


J. J. ROUSSEAU, El contrato social, Alianza.

jueves, 29 de septiembre de 2016

El pensamiento ilustrado y sus protagonistas


El despotismo ilustrado

Federico II de Prusia es uno de los monarcas europeos que trataron de conciliar la doctrina absolutista con las ideas ilustradas, el siguiente vídeo (hasta el minuto 16) te ayudará a comprender mejor la práctica política del despotismo ilustrado.